lunes, 18 de junio de 2012

Raw vs Cooked

¿Comida rápida, o almuerzo en la casa?; a primera vista parece una elección sencilla, y sin embargo cuando se nos plantea de nuevo la pregunta en medio del ajetreo del día promedio la respuesta suele resultar más bien difusa. En lo que respecta estrictamente a la fotografía digital (y antes de causar estragos en el estómago reprimido de algún lector) se presenta una discusión similar, una que a pesar de no animar tanto debate como la guerra "Nikon vs Canon" vale aún más la pena abordar.

Para los que no hayan tenido la experiencia de trabajar con cámaras más sofisticadas que las populares "point and shoot" es probable que otra opción aparte del formato JPEG para las imágenes no haya estado disponible, y si bien dicho formato provee resultados de calidad aceptable en la mayoría de los casos, es importante conocer sus características antes de hacer una comparación justa:
  • En primer lugar, es un formato soportado por prácticamente cualquier programa o herramienta de visualización de imágenes.
  • En muchos casos ofrece una calidad aceptable para su visualización/publicación/impresión inmediata.
  • La imagen ya viene procesada por la cámara, con los debidos ajustes de contraste, brillo, saturación, rango dinámico, etc.
  • Captura hasta 8 bits de información por color (RGB) para un total de 24 bits de profundidad de color (~16 millones de colores), lo cual se aproxima a la precisión del ojo humano promedio.
  • La imagen capturada por el sensor es comprimida antes de ser almacenada como archivo, empleando algortimos que eliminan información de píxeles redundantes que según el criterio del procesador de la cámara no son relevantes para la imagen final. En esencia se agrupan los píxeles por bloques y se "promedia" la información (color y saturación) dentro de cada bloque para los píxeles designados como "poco relevantes". Todo esto resulta en un archivo relativamente "ligero".

En comparación, el formato RAW (disponible en básicamente cualquier cámara DSLR actual, y otras cámaras de alto desempeño) nos permite obtener un archivo de imagen tal cual como es captada por el sensor, sin ningún tipo de post-procesamiento, compresión (aunque existen ciertos formatos híbridos con distintos grados de compresión del archivo), y en general ofreciendo una mayor profundidad de color (entre 12 y 14 bits por color primario en las cámaras actuales); es decir, nos da como resultado una foto en su "máxima expresión", al menos en teoría, porque en materia artística, cuando llegamos a casa y visualizamos el resultado inicial, nos encontramos con algo de las siguientes características:
  • Muy bajo contraste, como un billete sacado de la lavadora.
  • Muy poca definición en los detalles.
  • ... Y en general una imagen que nos hace cuestionar el propósito de este formato más allá de cargar nuestra computadora con archivos excesivamente "pesados"...
... Así al menos hasta que se logra comprender que la razón de ser del formato RAW es justamente esa, la de brindar una imagen con la mayor cantidad de información posible para llevarla a la "mesa de trabajo" (i.e. Photoshop u otra herramienta que soporte el formato) y pacientemente esculpir la foto que deseamos haciendo todos los ajustes necesarios, ajustes que en el caso JPEG, la cámara hace por su cuenta, a expensas de una pérdida casi total del control sobre el resultado final por parte del fotógrafo.

Resulta ser así entonces, que la respuesta al "...To be (RAW), or not to be..." es en muchos casos circunstancial, dependiendo más que nada de la prontitud con la que se desee tener acceso al resultado final, restricciones de tiempo en general, o la carga de trabajo adicional que se esté dispuesto a asumir. Al final del día, lo mejor es entender las funcionalidades de cada uno, y así escoger el más adecuado para la ocasión, sin quitarle ningún mérito al que hace el "pit-stop" en el cafetín de la esquina, ni al que madruga para darse el gusto de una buena arepa casera.

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