Curiosidad, habría de suponerse al menos, como lo que impulsa todo individuo; una interrogante y un juego a dos dados, donde la pregunta rueda sobre la mesa, con la expectativa de que eventualmente la verdad revele su cara y un número, porque después de todo estamos "en ciencias", y algo cuantificable o al menos palpable queremos extraer de la experiencia.
Sin embargo también me ha golpeado la intriga, otro modo de curiosidad pero de un sabor más místico, y es que en este juego uno de los dados siempre queda en la mano. Se trata entonces de una verdad dual, una composición de observación y percepción, el ser inamovible en la mesa, y el destello que se filtra entre los dedos de esa parte de la verdad que es sólo nuestra y se oculta tras un puño cerrado. Allí reside pues la intriga: en lo que revelará la mano, tal como la expectativa inconsciente del mundo que se dibuja entre parpadeos de un ojo, o el encuadre que espera la apertura de un obturador... Una marea azarosa de impulsos que sin embargo resulta totalmente ordenada; porque todo cobra sentido una vez que la imagen se cuela por esa pequeña puntada de alfiler y todo se reduce a la esencia del mundo en los ojos del fotógrafo.
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